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lunes, 9 de febrero de 2015

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Momentos Delirantes (Extracto CdC)



El negocio de la música me ha regalado momentos inolvidables. Muchos, casi todos, han estado directamente relacionados con algún fin artístico detrás, (grabaciones, rodajes, conciertos, sesiones fotográficas…). Pero también ha habido otros sencillamente delirantes. Una lista con las diez situaciones de surrealismo más desordenado en mi vida necesariamente tienen que incluir los siguientes pasajes:

Momento Delirante #1.- Recoger del suelo a Rod Stewart antes de una rueda de prensa en Madrid y pedirle, por favor y sin éxito alguno, no realizar el photo call tirado en el hall del hotel con la copa de whisky en la mano.[2]

Momento Delirante #2.-Durante una rueda de prensa de la artista de Música Celta y New Age Loreena MacKennit presentando su álbum The Book Of Secrets (Warner 1997), la intérprete y traductora contratada para ese día sufre un inesperado contratiempo a última hora y no aparece. Debo sentarme al lado de la artista y traducir sus palabras a los periodistas. A pesar de que mi inglés es moderadamente bueno, no entiendo ni una palabra de la canadiense, (MacKennit utiliza una mezcla de Inglés, Gaélico y Bable incomprensible). Así que me lo invento.[3]

Momento Delirante #3.- Visionar el último video de Cher con Cher sin maquillar, vestida con lo que a mí me parece un abrigo-bata-gabardina y un gorro de esquiar negro colgando de la cabeza.[4]

Momento Delirante #4.-Trabajar con Falete[5].

Momento Delirante #5.-Cocinar hamburguesas con la madre de Dave Grohl y el batería de Nirvana en la barbacoa de su casa.

Momento Delirante #6.-Al alba, mirar al cielo desde un autobús urbano en Zaragoza y ver planetas desconocidos con J de Los Planetas.[6]

Momento Delirante #7.-Pasear con Miguel Bosé por los pasillos de un 747 para estirar las piernas ante la algarabía y vítores del pasaje.[7]

Momento Delirante #8.-Sacar de la cama a Pancho Céspedes. Muchas veces. Muchos días[8]

Momento Delirante #9.-El festival de Eurovisión ya es en sí mismo un delirio. En 2006 los europeos decidimos tomarnos a guasa el certamen votando masivamente al grupo Finlandés de Hard Metal Lordi. Durante su visita a Barcelona un mes más tarde, disfrazado desde los pies hasta la coronilla, uno de los miembros del grupo sufrió un repentino ataque alérgico justo delante de mí, intoxicado por el latex de su máscara.[9] 

Momento Delirante #10.-Sentarme con Albert Plá para diseñar de manera coherente los detalles de su siguiente disco.[10]




[2] El bueno de Rod Stewart, presentando el aceptable When We Were The New Boys(Warner 1998), después de vaciar el mini bar decidió desparramarse en el suelo del Hotel Villa Magna de Madrid para “vender” su disco. No lo consiguó.
[3] Ante mi asombro, al finalizar la rueda de prensa Mackennit me besó agradecida y los periodistas me felicitaron.
[4] Cher visito las oficinas de Warner en Lopez De Hoyos durante el momento de éxito global de su single “Believe” (Warner 1998). Acababa de recibir una copia en betacam del segundo video clip del disco, (juraría que “Strong Enough”, aunque es posible que también pudiera ser “Dove L’amore”). El hotel no disponía de reproductor Beta.
[5] Surrealista, demencial, caótico, disparatado, exagerado, alucinante, desproporcionado…no hay palabras.
[6] …y platillos volantes, y alienígenas, y seres de otras galaxias…
[7] Viajábamos desde Santiago De Chile a Madrid después de una entrevista en el programa de la modelo y presentadora Cecilia Bolocco. Aquel paseo a 10.000 metros de altura no fue una gran idea.
[8] Las palabras “promoción” y “por la mañana” no estaban incluidas en el vocabulario de Francisco Céspedes.
[9] Lordi utiliza unas asfixiantes mascaras de monstruo. Hechas de Foam-Latex, los disfraces desprenden un olor a goma irrespirable. Las manifestaciones alérgicas provocadas por el latex pueden ser muy llamativas y peligrosas. El camerino de Barcelona olía como una fábrica de neumáticos. La canción “Hard Rock Aleluyah” obtuvo la mayor puntuación en la historia del festival hasta la fecha, (292 puntos). En 2009 el ruso Alexander Rybak les arrebató el record (387 puntos).  
[10] En concreto “planificábamos” la grabación de su disco en directo “Vida Y Milagros” (RCA 2006). Las reuniones duraban horas. Plá utilizaba palabras y gestos indescifrables para mí. Tal vez se trate de un genio. Es difícil de explicar. Definitivamente el surrealismo es un invento suyo. El verdadero milagro fue que el disco llegara a las tiendas.

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Paul Collins. (Extracto CdC)



Muchas noches, después de cerrar el Traste, me pasaba por casa de Ernesto y tomabamos un último trago en compañía de un buen disco. Ernesto tenía una colección de primera. Mucha Nueva Ola, Echo & The Bunnymen, Orange Juice, Graham Parker, cosas sueltas de Elvis Costello y Jonathan Richman y por supuesto, toneladas de material Beatles.
Tenía un apartamento pequeñito en la parte nueva del pueblo. Un salón recibidor con cocina incluida, un cuarto de baño y un dormitorio, el clásico nidito de soltero, (divorciado en su caso). Eso era todo.
Como Ernesto era el propietario de una tienda de instrumentos, la casa estaba llena de guitarras, cables, panderetas y demás cachivaches propios de un músico. Allí, arrancarse por Lennon y McArtney no resultaba especialmente difícil.
Una de esas madrugadas, mientras veíamos como la noche lentamente se convertía en día, rebuscó entre sus vinilos y dio con algo que dijo me iba a gustar mucho. Apuró su Coca Cola Light y acompañó la aguja del plato hasta el primer corte del álbum de debut de The Beat.
Era un disco cortito y lo escuchamos de un tirón, agotados, casi sin dirigirnos la palabra, como el que se sienta frente a esa película que ya ha visto cien veces y, pese a conocer de sobra cada una de sus partes, incluido el final, es incapaz de levantarse y dejarla a medias. (En mi caso esto me sucede recurrentemente con la película de Tim Robbins y Morgan Freeman Cadena Perpetua).
Para tratarse de un disco de Power Pop, con ritmos encendidos, bases rítmicas desbocadas y guitarras distorsionadas, aquella primera vez lo disfrute concentrado y en silencio.
Aquel disco era sensacional. Y lo sigue siendo, claro. The Beat, artefacto sonoro creado por Paul Collins, quien en su día fuera batería del seminal y casi desconocido trio The Nerves, en 1979 se había convertido en la apuesta de la CBS americana para liderar la batalla comercial que en ese momento estaba ganando el grupo de moda en EEUU: The Knack.
The Nerves lo formaban tres tipos de un talento deslumbrante: Jack Lee, (autor de “Hanging On The telephone”, primer single del grupo y canción que más adelante recuperaría Blondie para iniciar su conquista del planeta). Peter Case, quién tras The Nerves iniciaría una segunda etapa al frente de los imprescindibles The Plimsouls, y por supuesto, Paul Collins. 



The Beat publicó su ábum homónimo en 1979, un disco plagado de píldoras adictivas de tres minutos. “Rock N’ Roll Girl”, “I Don’t Fit In”, “Different Kind Of Girl”, “Don’t Wait Up For Me”, “You Won’t Be Happy” y “Walking Out Of Love”… Un trabajo gigantesco que fue un tremendo batacazo.
La historia del rock tiene esas cosas. No siempre funciona lo que debiera. CBS en 1982 dio una segunda oportunidad al grupo con The Kids Are The Same, un nuevo fracaso y a la calle.

Bien es cierto que a The Knack tampoco le fue mucho mejor en EMI/Capitol, y más alla de un recordado debut, no pasó gran cosa con el grupo. Es sí, a diferencia de The Beat, The Knack logró colar un sencillo en la popularmente conocida Lista De Clásicos. “My Sharona” es la canción por la que siempre serán recordados, algo que, desafortunadamente, no logró el bueno de Paul Collins.

Ooh my little pretty one, pretty one. 
When you gonna give me some time, Sharona? 
Ooh you make my motor run, my motor run. 
Gun it comin' off the line Sharona 
Never gonna stop, give it up. 
Such a dirty mind. Always get it up for the touch 
of the younger kind. My my my i yi woo. M M M My Sharona...[1]


Coincidencia o destino, el caso es que en 1994, al calor de su disco en solitario From Town To Town, en su mini etapa Country Folk, entrevisté para el fanzine a Paul Collins.
Paul hablaba español perfectamente, (en realidad Collins era lo más parecido a una casi estrella internacional, quién se había construido una más que solida reputación como artista en España a lo largo de los años, varios discos en sellos locales y cientos de conciertos). Más alla de las típicas cuestiones técnicas y aburridas sobre la promoción del disco, dedicó gran parte de nuestro encuentro a hablar de su recién creado sello Wagon Wheel, de la posibilidad de reunir a Michael Ruiz y Steve Huff en una hipotética resurrección de The Beat, de Bruce Botnick, productor de The Beat, y más conocido por su trabajo con The Doors, y de otro montón de cosas relacionadas con el pop de guitarras, algo que a los dos nos fascinaba.
-“Estas un tiempo parado y todo vuelve a ti otra vez, asi que, ¡No tires tus viejas camisetas!”.
En efecto, más de quince años después del lanzamiento de The Beat, el pop rock internacional vivía a mediados de los noventa una especie de recuperación de los estereotipos y argumentos estilísticos de los grupos de la Nueva Ola. Con esa frase, Paul vino a decir que todo estaba inventado, nada es en realidad original ni nuevo. Detente el tiempo necesario, y con paciencia, volverás a estar de moda haciendo exactamente lo mismo que hacías años atrás. Verdad verdadera. Durante esa época, la prensa inglesa, ávida de etiquetas, creó la poco original NWONW (New Wave Of The New Wave), con bandas como Elastica, Sleeper, Menswear, Shed Seven o Echobelly como estandartes del movimiento. Hoy, más de quince años después, todos esos grupos son perfectamente prescindibles, producto de una necesidad temporal artificial sin sustento real en las canciones. ¿Alguién podría tararear un solo sencillo de S*M*A*S*H?, creo que no. ¡Y en su momento parecían los nuevos The Clash!

En 2001, al acabar un concierto, volví a hablar con Paul despúes de algún tiempo sin hacerlo. Le pregunte como estaba y en que andaba metido. –Componiendo y tocando- me dijo. ¿Que otra cosa si no? Servir cocktails, por ejemplo.
Paul Collins había montado Manhattan Martini Bar, una coctelería en la calle Moratín, (una antigua cervecería antes conocida como El Siglo). Aún con los azulejos originales pero con una iluminación más íntima, el local estaba decorado con fotos antiguas del Skyline de Nueva York. Collins atendía la barra sirviendo magnificos combinados, y alguna vez, poco antes de cerrar, agarraba su guitarra y recuperaba en petit comité sus viejas canciones. Un lujo.
Collins no dejó nunca los escenarios. Fui a verle muchas veces durante los noventa. En solitario o con banda, sus shows siempre ofrecían ese plus que solo pueden dar los artistas con grandes repertorios. Y en su caso, su verdadero activo era precisamente ese, catorce o quince canciones demoledoras.

Recuerdo con especial cariño el concierto de la Paul Collins Band en el Parquesur de Leganes en marzo de 1994. Aquel día me llevé de acompañante a mi hermano Guillermo, quién a fuerza de escucharme, no había tenido más remedio que claudicar ante las canciones de The Beat.



Entre 2001 y 2002 acababa de fichar para Warner al grupo vigués Lombardi, un cuarteto de pop acelerado bastante resultón. Su líder y voz cantante era Mon Cancela, una locomotora humana, personaje peculiar y primo de Ivan Ferreiro.
En el proceso de mquetas propuse a Mon la idea de hacer una versión de “Don’t Wait Up For Me” de The Beat, canción que encajaba perfectamente con el estilo del grupo. Le dije de hablar con Paul y pedirle colaborar en el disco. Mon accedió encantado. [2]
Entusiasmado con la gran idea que acababa de tener, llame a Collins y le dije que si le apetecía podríamos grabar tan pronto entraramos en el estudio. Paul, una vez expuestas sus condiciones, aceptó.
Mon y el resto del grupo no habían oído hablar de The Beat en su vida. Aun es más. Para el arte del disco replicamos algunas de las portadas más icónicas de la Nueva Ola, con fotografías de Jose Luis Santalla y el diseño gráfico de Rafa Sañudo.
Además de la del disco de The Beat, hicimos lo propio con el  Parallel Lines de Blondie, Rocket To Russiade los Ramones y el In The City de The Jam, grupos de los que por supuesto, Lombardi tampoco tenía ni la más remota idea de su existencia. Lo que a priori parecía un guiño cool, en plan sentido tributo a los maestros, se revolvió como un boomerang envenenado contra los cuatro chavales de Vigo.
A mediados de 2002, el álbum Unode Lombardi salió a la venta. La primera pregunta, de la primera entrevista, del primer día de promoción de su disco de presentación fue algo parecido a esto:
-Entrevistador: “Parece que vuestro álbum está fuertemente influenciado por los sonidos y la estética de la Nueva Ola, ¿Cómo surgen todas estas referencias?.
-Respuesta del grupo: “Bueno, a nosotros nos va más la onda de guitarras, salir a tocar y ese rollo. De los grupos antiguos esos que mencionas, la verdad, es que no los hemos escuchado nunca”.
Juego, set y partido. La credibilidad del grupo y su posterior carrera se desvaneció el misno día que salieron de promoción y abrieron la boca.
Lombardi nunca editó un segundo trabajo.

Durante la grabación de “Don’t Wait Up For Me” en el estudio El Cortijo en la sierra de Málaga, Paul Collins insistió en mostrame sus nuevas canciones.
Quedamos una semana más tarde en la oficinas de Warner en Lopez de Hoyos. Para mí, ante todo un devoto fan de Collins, la oportunidad de escucharle en privado, secretamente agazapado entre las cuatro paredes de mi despacho, resultaba halagadora.
A la semana siguiente Paul Collins apareció en la oficina, puntual, con una gorra que cubría su avanzada alopecia y un flycase negro con una guitarra acústica.
Hablamos menos de cinco minutos antes de que empezara a cantar sus nuevas canciones. Hasta nueve temas salieron de su garganta. Uno de los momentos más auténticamente rockeros que viví en aquel despacho, instantes de fugaz felicidad que, probablemente, nadie pueda ni siquiera imaginar.



[1] “Oh, mi pequeña bonita, bonita, Cuando me vas a dar un poco de tiempo Sharona? Oh tu haces que mi motor se encienda, mi motor se encienda, Como una arma pasandose de la raya sharona, Nunca me detendre, ríndete, solo soy una mente sucia, siempre atenta para el toque del tipo mas joven, Mi mi mi i yi woo m m m mi sharona”, Extraido de “My Sharona”, Get The Knack, EMI Capito, 1979.
[2]Nunca propongas a un grupo hacer una versión de otro artista del que ni siquiera ha oído hablar. Por mucho que les parezca una estupenda idea, no funcionará. El bueno de Mon repitió la jugada en su posterior disco en solitario, versioneando “What I Like About You” de los Romantics. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

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Apasionado por La música


Sostiene Óscar García Blesa que su libro es un recorrido vital; un vistazo atrás recién cumplidos los cuarenta; un balance de lo vivido. Esta especie de road movie existencial trae, eso sí, la música como excusa e hilo conductor, y así la narración queda vertebrada a partir de conciertos, discos y bandas que por una u otra razón le dejaron alguna impronta. El aficionado a cuestiones musicales reconocerá además el crédito otorgado a obras como “High Fidelity” (1995), la novela escrita por otro enfermo de los vinilos como es el autor inglés Nick Hornby. Son continuas las referencias a espacios comunes como la construcción de listas, la disposición de los capítulos del libro a modo de canciones de una selección en cinta de cassette grabada o la inclusión de citas de diferentes momentos de la historia de dicho libro.
Es  su pasión por la música precisamente la que llevó al autor a montar un fanzine desde muy temprana edad, con el que se hizo con la excusa ideal para entrevistar a muchos de sus ídolos musicales del momento y conseguir pases de prensa para conciertos y festivales. Muy probablemente además fue la misma afición la que determinó su futuro profesional, el de directivo de compañías como Warner, RCA y en la actualidad de Real Networks. Su implicación directa en las entrañas de la industria discográfica abre un más que interesante punto de vista desde el que está escrita esta historia. Consciente quizá del papel de “malo” que muchas veces parece jugar este perfil en el mundo de la música, no rechaza el parapeto que le brinda Kiko Fuentes, directivo de Warner y compañero del autor en su paso por la compañía, en el prólogo inicial.
Lejos de entorpecer con todo ello el relato general, Óscar ofrece al lector momentos impagables e irrepetibles, impensables para el común de los mortales, de su contacto con muchos de los grandes nombres de la música. Comienza por ejemplo el libro con los preparativos frustrados del concierto que Alejandro Sanz iba a dar en la gala de los premios Grammy en versión latina con un MTV Unplugged que tuvo que retrasarse como consecuencia de los atentados al World Trade Center de Nueva York. Se cuentan las peripecias vividas aquellos días, en los que el grupo de directivos allí destacados terminaron como “refugiados” por una noche en la casa de Antonio Banderas y Melanie Griffith. Más adelante se relata cómo tuvo que lidiar el autor y protagonista del libro para sobrevivir a la tensión impuesta por las exigencias del séquito de Madonna en su visita a España.
Pero no es el texto una lista de anécdotas con notables de la canción. Donde realmente radica a mi juicio lo interesante de las historias que se cuentan es en el factor humano, entrañable que se ponen de manifiesto, tanto del artista como del fan del mismo. Valga como muestra el capítulo que comienza con el concierto que dio Nirvana en el Pabellón del Real Madrid de baloncesto y que termina con la descripción de una barbacoa en la casa de la madre de Dave Grohl, integrante primero de dicho grupo y posteriormente de Foo Fighters, en la presentación de un disco de esta última formación: “Desde que llegamos a su casa por la tarde, y hasta que nos marchamos de madrugada, no mencionó ni una sola vez qué tipo de planes teníamos previsto llevar a cabo en nuestros respectivos países con ‘In Your Honor’ (Roswell / RCA, 2005). Entendía y nos lo hacía saber con su actitud que sabríamos qué hacer con su disco. Mostró respeto por nuestro oficio del mismo modo que lo exigía con sus canciones. De verdad, y parece difícil de creer, aquella noche sólo intentó caernos bien. Evidentemente lo consiguió“.
Contadas con sincera agilidad y simpatía (recomiendo encarecidamente la lectura del relato del viaje para visitar en el Palacio de La Moncloa al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero de un autobús lleno con artistas como Alejandro Sanz, La Oreja de Van Gogh, Café Quijano,Amaral, Álex Ubago, Estopa, Andy y Lucas, David Bisbal y Mago de Oz) atrapa leer cómo se desmorona la desconfianza de Jota (Los Planetas), conmueve la incomprensión de David Summers (Hombres G) al ver cómo su carrera en solitario no termina de despegar, el agradecimiento de un grande de la canción italiana como Claudio Blagioni ante la confianza depositada en él por el sello o la camadería con las bandas “menores” que tienen en nómina.
No son sólo bandas o artistas que el autor haya tratado por cuestiones laborales las que desfilan por las páginas del libro. Se habla de Bruce Springsteen y sus giras en concierto en España, del gusto personal para con la Creedence Clearwater Revival o Canned Heat, de las escuchas de discos de Depeche Mode en una estancia en los EE.UU., de Coldplay…
No desperdicia la ocasión para lanzar dardos al bando de la independencia cuando ésta se comporta de forma poco consecuente o intransigente: “Qué aburrida es la independencia más recalcitrante cuando insiste en poner zancadillas a las buenas canciones por el simple pecado de ser piezas populares. Las canciones se construyen para hacer que la gente lo pase bien y se emocione. Disfrútenlas sin prejuicios. Viva la vida“.
Este libro parece por su parte escrito precisamente desde el disfrute de la música. Recomendable y mucho para enfermos con síntomas similares.
Por TGL, LA FONOTECA

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Para todos los públicos


Es el primer libro de Oscar García Blesa, en esta narración nos habla desde el humor de toda una vida intimamente relacionada con la música. Una gran recopilación de anecdotas, como una cena con Alejandro Sanz en casa de Antonio Banderas o como se hizo fan de Love of lesbian...
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¿Qué hacen cuando no los vemos?


Cuando a la redacción de EFE EME nos ofrecieron el libro pensamos que iba a ser una historia del formato más malogrado de la reproducción musical; podía estar bien si ofrecía datos curiosos. Al recibirlo, vimos que los epígrafes eran fechas de conciertos, así que podían ser las experiencias de un aficionado; también correcto, si había buen pulso. Pero resulta mucho más que eso. Óscar García Blesa, entre otras muchas cosas, ha sido alto ejecutivo de Warner y RCA, así que puede contarnos las interioridades, las minucias que adornan la vida cotidiana de nuestras estrellas, qué hacen cuando no los vemos. Pero eso no tendría ningún tipo de valor si al autor no le moviese un irreductible amor a la música, ese que convierte una tienda de viejos vinilos en el paraíso y que, inevitablemente, se desliza en cada palabra del texto. Sin más esfuerzo, como respirar.
Desde luego, el libro tiene un fuerte componente memorialístico. Y la primera escena ya es intensa: Alejandro Sanz en Miami el 11-S para grabar en la MTV. Evidentemente, el concierto se suspende y Antonio Banderas acoge a todo el equipo español en un refugio de campaña. Y a partir de aquí desfilan dos largas décadas de experiencias, Nirvana y los Planetas –con un retrato embaucador de J.–, el raro fin de semana con The Strokes en los que acaba invitándolos a un partido del Real Madrid, una entrevista a los pulcros Radiohead sin haber escuchado su disco, experiencias con Paul Collins o entrevistas con Eric Clapton.
También hay retratos de viejas glorias como Claudio Baglioni –¿quién se acuerda de él, a pesar de seguir siendo genial?– o de Al Stewart; miren que llevo leídos libros sobre música, pero el retrato de este cantautor de Glasgow en su camerino (Madrid, 1997) es certero y apasionante, impecable en su trazado de la segunda división. Segunda división actual, porque en los setenta luchaba por los puestos de cabeza.
A los que somos más o menos de esa generación nos hará ilusión que recuerde los viajes en interraíl, o los conjuntos infantiles de los setenta. Porque el libro ofrece continuos bandazos, de una barbacoa en casa de los Foo Fighters a opiniones sobre U2, de la defensa de la calidad de músicos afines a públicos más amplios como Pereza –desmarcándose de la impresión sin sentido de que solo el underground es válido artísticamente– a defenestrar a raíz de un concierto de Madonna la escasa inteligencia de la industria para solventar la piratería. Es coger el libro y no dejar de pasar páginas y páginas y páginas. Y al acabar no deseas más que una continuación, porque las experiencias de Óscar García Blesa –con verbo ágil, adictivo– te explican un poco mejor cómo funciona eso de la industria, pero también te hace quererla un poco más.
Texto Cesar Prieto. Efe Eme
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Las canciones perfectas

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Suena Neil Young por el altavoz y Óscar García Blesa lo reconoce a la primera. No resulta difícil para este manager musical que ha pasado toda su vida viviendo la música desde el otro lado de la barrera para regalárnosla ahora desde Cintas de Casette. La cara B de la música. “Ante todo, soy un enamorado de la música y, gracias a las circunstancias, he podido dedicarme a ella”.  Hablamos del pasado nostálgico, de la actualidad musical, de las miles de canciones perfectas que han protagonizado sus recuerdos y nos dibuja aquello que le evoca pensar en algunos de los grupos con los que ha trabajado.

“Han pasado 20 años desde la muerte de Kurt Cobain, yo he ido a un concierto de Nirvana pero me hubiera gustado ver a los Beatles”. Hace referencia a esa vuelta atrás que sufre cada persona a la hora de establecer su criterio musical. “Generación tras generación, siempre miramos hacia atrás, lo que ha escuchado tu padre, tu madre, tu hermano mayor y, desde ahí, creas una base acerca de lo que te gusta”. No es extraño, entonces, observar la cantidad de grupos que beben de referencias de lo que otros hicieron antes. Nombra a The Clash y su influencia en la música británica actual para añadir que “la música, desde los años 50, es una repetición que va evolucionando”.

Foo Fighters
Foo Fighters

En medio de toda esta vorágine de estilos que entran, salen, EEUU en 1969 y un poco de aquel Londres punk que coreaba el God save the Queen a finales de los setenta, de cantantes, de grupos, caídas del Muro de Berlín y la revolución digital, Óscar García Blesa se queda con una especie dominante: el artista. “Los artistas son una especie diferente, ¿por qué me quiero autodestruir, por qué un día tengo el humor de una manera y otro día de otra, por qué un día canto increíblemente y compongo una canción maravillosa? Porque soy artista.” En parte, su trabajo se basa en ayudar a ese ente especial a crear una imagen que le diferencie del resto, que haga que la gente ponga sus ojos en él.“Tú puedes modelar a un artista, más que fabricarlo, puedes aconsejarle que se cambie de ropa o que suavice el discurso pero nunca puedes forzarle a hacer nada porque, entonces, deja de ser natural. Bono se puso las gafas de mosca porque es Bono y puede hacerlo sin ningún director de marketing detrás”. Destaca el estilo desenfado de The Strokes, la imagen autodestructiva de Amy Winheouse y aquellos tres cuartos que hicieron a Café Quijano diferenciables.

 The Strokes
The Strokes

 Entre ellos, destaca a un artista al que pudo ver como fan y tratar como trabajador. “Dave Groghl es un tío al que puedes tocar, le pones cara, te invita a que estés con él, a que opines, a comer a su casa. Lo hace de manera genuina pero él también va a recibir un beneficio, hace marketing de manera espontanea” relata dentro de su libro recordando que él también encontró parte de su yo en las canciones de Nirvana que protagonizaron los 90. “Nunca sabremos cómo hubiera evolucionado Kurt Cobain. A lo mejor hubiera acabado haciendo conciertos folk en Seattle con Courtney Love pero es un artista que muere en lo más alto de su carrera, joven, como el icono del rock and roll a los 27, torturado, drogadicto, con una hija recién nacida. Es una foto para periódico y eso fomenta que el mito crezca. Pero, musicalmente, los Foo Fighters han hecho muchísimo y todo lo han hecho bien.”

Pereza (Leiva)
Pereza, Leiva

Oscar García Blesa vivió aquellos años dorados en los que todo parecía posible dentro de la industria musical. “En 2000 sacamos Alma al aire de Alejandro Sanz y vendimos un millón de discos físicos la primera semana. A la gente no le importaba lo que había hecho, simplemente iba y compraba el disco. Eso ya no es así, la manera de vender y de consumir música ha cambiado totalmente. La televisión ya no pone música, eres tú el que la descubres por medio de redes sociales y la escuchas en streaming y, si te gusta mucho, es cuando vas y compras el disco”. Esta realidad es la que ha hecho posible el reconocimiento de una gran cantidad de grupos que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos.“Arctic Monkeys fueron pioneros en ese tipo de herramientas”. Se acuerda del la inmersión de Internet en un mundo que parecía intocable y reconoce, que “llegamos tarde e identificamos mal al enemigo”. “Mientras echábamos la culpa de todo a los manteros, la gente en su casa aprendía a usar la herramienta. El porcentaje que discos que se vendían en las calles era mínimo, ¿mil discos? Nosotros llegábamos al millón en la primera semana. De todo aquello, seguimos con las facturas de que la gente en España sea tan reacia a pagar el streaming”. “En el fondo” reconoce esbozando una pequeña sonrisa “si tu disco estaba en las mantas, es que tu disco estaba teniendo éxito”.

Los planetas
Los Planetas

Ahora, sin embargo, parece que todo lo que huela a éxito tiene que ser, por decreto, vacío y sin sentimientos. “Si suena en la radio no me gusta, si canta en español no me gusta, si lo cuento en una reunión y los demás lo conocen no me gusta, si un artista triunfa sólo me gustan lo que ha hecho antes del triunfo” va repitiendo la cantidad de frases que se pueden escuchar unidos a distintos estilos o grupos musicales. “Si el artista es bueno y una canción le hace triunfar, disfruta de ellos. Lógicamente, la gente evoluciona, le ha pasado a los Rolling, a los Beatles y a todos. Nirvana cuando vino a España eran lo más grunge del mundo pero fueron al Rich en un Mercedes. ¿Dejo de ser auténtico por eso? No, lo que no soy es gilipollas.” Parece una gran vorágine de lo nuevo en la que todo lo que haya triunfado o no se sitúe dentro de un círculo independiente ya no vale. “Hay que reivindicar a figuras como Raphael y Julio Iglesias que te siguen llenando teatros en Madrid sin dejar de ser ellos.”

Los Piratas
Los Piratas

Y, ¿qué acaba siendo para Oscar García Blesa el negocio de la música? “Es, ante todo, un negocio de canciones, no de artistas. Hay algunas que no envejecen bien y ya no son perfectas. Pero, ¿cuántas canciones están perdidas en el corte nueve de discos que no hemos escuchado hasta que llega Quentin Tarantino y las recupera?” Viva la Vida, Blowing in the Wind, Bohemian Rapsody, Pain It Back, Someone,Rehab o I Got a Feeling. “No perdura Jonh Lennon, no perdura Nirvana, perduran sus canciones. No puedes tocar a Kurt Cobain pero te puedes poner Smell Like Teen Spirit y que te lleguen miles de imágenes”.

http://www.dromenonmagazine.com/las-canciones-perfectas-de-oscar-garcia-blesa/
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Sin las mitologías del surco

L
a verdad nunca fue escrita realmente como algo certero, pero sí teniendo como objetivo algún tipo de combinaciones reales. Óscar García Blesa, ante todo, es un amante de la música que recaló en Warner y Sony. Ahora trabaja para Napster, en competición con Deezer y Spotify, pero lo que atañe a la siguiente entrevista es su libro titulado Cintas de Cassette – La cara B de la música. En la obra se narran historias y tramas que podían contar mucho de las andazas del negocio musical. 

Desde que empieza hasta que termina, el libro tiene un trasfondo curioso: la pasión por la música en la industria. ¿Se trata de demostrar con tu experiencia que en las discográficas y demás sí se entiende de música, en contra de lo que cree la opinión general?
El libro está escrito por alguien que ama la música y circunstancialmente ha terminado trabajando en el negocio, haciendo de su pasión un oficio. Mi rol de aficionado es muy anterior al de trabajador. El negocio de la música tiene profesionales competentes y personajes ineptos, imagino que exactamente igual que en cualquier otro sector. 

¿Te has ganado algún enemigo por haber escrito “Cintas de cassette – La cara B de la música”?
No lo creo. Todos los personajes que aparecen están tratados con respeto y, mayoritariamente, con admiración. Hasta hoy nadie ha llamado para quejarse. 

¿Por qué crees que se piensa que el hecho de ser un alto cargo tiene que estar reñido con el buen gusto?
Los trabajadores de cualquier sector tratan de hacer negocio con su producto, quieren ganarse la vida vendiendo algo, a cuanta más gente mejor. El negocio de la música no es distinto. La cuestión no está en el gusto de uno mismo, sino en cuánta gente vas a convencer para que compren la música que promueves en ese momento. En ocasiones, lo que tratas de vender coincide con tus gustos personales, aunque no muy a menudo, la verdad. Objetivamente, bueno o malo, lo decide el beneficio. Hay álbumes artísticamente pobres que me han dado muchas alegrías vendiendo como rosquillas y otros notablemente ricos, desde un punto de vista musical, con los que he pasado malos momentos por sus pobres ventas. 

La industria discográfica es por definición un negocio de canciones.
En tu caso, muy bien ejemplificado, describes experiencias personales siempre ligadas con la música de modo que acaban siendo interiorizadas por el que está leyendo la historia. ¿Realmente es la misma pasión aunque el gusto sea diferente en cada uno de nosotros?
¡Claro! Es imposible transmitir pasión si no crees en lo que haces. Es tu trabajo, estás obligado a mostrar respeto por todos los artistas que trabajan contigo. Después de casi 20 años te podría decir que no siento afinidad por la propuesta musical de, digamos, el 80% de los artistas con los que he trabajado. Pero una cosa es segura, en el 100% de los casos he puesto toda mi energía para conseguir que sus canciones llegaran al mayor número de personas posible. En el libro comparto experiencias con artistas que me han resultado enriquecedoras sin ponerle nota a la calidad de su propuesta musical. 

Y voy más allá: ¿qué demonios sería “el buen gusto”?
El buen gusto es una patraña. Desde mi punto de vista el buen gusto tiene mucho que ver con el contexto; lo que cada uno decide que le hace disfrutar en cada momento, individualmente o en grupo y dependiendo del estado de ánimo. ‘Vivir así es morir de amor’ de Camilo Sesto puede ser de un gusto exquisito en el contexto adecuado. Es fácil confundir el buen gusto con el esnobismo. 

Tomas a Rob Gordon (protagonista de “High Fidelity”) como guía. No obstante, veo que tu libro se asemeja mucho más al “31 Canciones” de Nick Hornby, por eso de narrar todo de una forma más humana.
Estoy de acuerdo. “31 canciones” tiene una estructura parecida a “Cintas De Cassette”. Hornby utiliza canciones y yo conciertos, fechas que me dan la excusa para contextualizar en el tiempo la trama. En “Alta Fidelidad” Hornby maneja muy bien la compleja personalidad de su protagonista. La manera en la que mezcla su rol de melómano enfermizo con su catastrófica vida sentimental me parece divertida y en cierto modo encierra un entrañable patetismo. Los compradores de discos somos un rara avis bastante incomprendidos. Establecer paralelismos con Rob Gordon en el libro tenía sentido. Cuando analizo el personaje veo lugares comunes con mi yo melómano que me hacen gracia. 

Es más, veo un nexo común entre lo que cuentas sobre el ‘I gotta feeling’ de Black Eyed Peas (“una canción redonda construida de imparable hedonismo con el sano y único propósito de hacer que otros lo pasen bien”) y lo que Hornby dice de Nelly Furtado y su ‘I’m like a bird’ (“pienso que es una canción pop muy buena, con una languidez soñadora y un optimismo marcado que la distingue inmediatamente de sus iguales anémicas y raquíticas”). Al final, se trata de explicar que hay bonitas canciones dentro del pop para vivir la vida, sin más. ¿Será que los que estamos en el negocio creemos que la música tiene que ser algo serio?
La industria discográfica es por definición un negocio de canciones. Al final del viaje, por encima de modas, artistas o etiquetas, lo que queda es la canción. Utilizo ‘I gotta feeling’ sólo como ejemplo. Tres minutos bien construidos que en su contexto lúdico cumplen a la perfección su objetivo. Que la canción sea balada lacrimógena o up tempo  bailable es intrascendente, en el contexto siempre está la clave.  

Hay mucha desinformación respecto a la industria, es un sector en el que cualquiera cree que es una voz autorizada.
Haciendo un ejercicio de autocrítica, te diré que es posible que España, al ser un país tan pequeño (geográficamente hablando) con una escasez cultural tan remarcada, tiene unos “profesionales de la crítica” que tratan de aparentar demasiado una pose “cultureta” antes que un oficio tan bonito como el de periodista musical. O sea, que parece que escriben tratando de demostrar algo.
Hay una marcada tendencia a “boicotear” proyectos de éxito por el simple motivo de tener éxito. Es difícil encontrar firmas cualificadas hablando bien de artistas mainstream. Honestamente creo que se escudan en defender propuestas minoritarias por miedo al qué dirán, temerosos de que su gremio los tache de traidores. Es mucho más valiente hacer una columna sesuda defendiendo ‘Gangnam Style’, que alabar el próximo disco de Sigur Rós aunque éste fuese una colección de descartes infumables. Me parece de mira muy corta que los medios musicales le den la espalda a un fenómeno global y defiendan propuestas minúsculas por puro paripé. Da un poco de risa la sección de crítica de discos en revistas como Rockdelux. Esa marginación voluntaria defendiendo supuestas élites musicales les lleva a un escenario más sonrojante que creíble. 

También es cierto que conociendo rasgos que muestras sobre la industria uno termina por apreciarla un poco más, comprobando que no son el “enemigo”. ¿Es ese ansia “elitista” un fuerte promotor del prejuicio y la ignorancia?
Hay mucha desinformación respecto a la industria, es un sector en el que cualquiera cree que es una voz autorizada. En cualquier discusión de barra de bar la gente opina alegremente sobre cachés, ingresos o cualquier otra cosa que se les ocurra en ese momento. Todo el mundo sabe de música, todo el mundo opina, todo el mundo contamina. Claro que se han hecho cosas mal en el sector. La llegada del formato CD regaló un espejismo y en lugar de preparar un plan B, exprimió a la vaca hasta matarla. La industria combatió penosamente la llegada de la piratería, tratando de eliminar manteros por la calle en lugar de legislar adecuadamente internet y educar al usuario. Cuando se puso en marcha ya era demasiado tarde. Pero, honestamente, las cosas mal hechas obedecen a la incapacidad de sus gestores para adaptarse a los nuevos tiempos. Nunca hubo maldad premeditada. 

Destaco la historia sobre el relanzamiento de Claudio Baglioni y la apuesta de Pereza cuando iban a sacar “Animales”. ¿Hasta qué punto tenías tan claro que las cosas iban a terminar bien? ¿Es una cosa de corazonadas o más bien de cabezonería para demostrar que hay que otorgar oportunidades?
Cada proyecto tiene una vida independiente, cada artista tiene sus particularidades. El proyecto Baglioni (“Todo Baglioni. Éxitos en español”) lo lideré con la absoluta convicción de que funcionaría. Siempre he lanzado proyectos pensando que serían un éxito. Con Baglioni tuve la oportunidad de trabajar codo con codo con uno de los artistas europeos más grandes de las últimas cuatro décadas. En lo personal eso ya es un éxito, aunque las ventas al final no fueran las esperadas. Esas cosas pasan. El caso de Pereza es diferente. Yo aterricé en RCA antes de empezar a grabar el tercer disco del grupo (“Animales”). La compañía ya había realizado una inversión importante con los dos primeros y de alguna manera “Animales” era el ser o no ser para el grupo. El disco estaba lleno de singles y la radio los abrazó como abanderados de un cambio musical. Hicieron la canción adecuada en el momento adecuado. Yo solo les acompañé en el viaje aportando recursos de marketing y tratando de asesorarles a la hora de tomar decisiones adecuadas. 

Aunque no siempre se acierta o se logra coincidir con ambos bandos (artista y oficina). J de Los Planetas no pareció tomárselo muy bien. Aunque claro, la personalidad de J es otro cantar.
A J le traicioné. Y así lo explico en el libro. Aquello salvó mi presupuesto un mes, pero liquidó mi credibilidad con el artista. Contarlo en el libro ha sido un ejercicio de exorcismo. 

Volviendo al tema “apuestas”, no puedo evitar rasgarme las vestiduras cuando pienso en la poca bola que se les da a los grupos nacionales en las portadas de la mayoría de las revistas musicales de este país. ¿No gustan lo suficiente? ¿Las disqueras “compran” portadas para lanzar productos más masivos? ¿Tanto se repudia la música española entre la crítica?
Que yo sepa, las disqueras no han comprado portadas en ninguna publicación. El porcentaje de ventas del producto local versus internacional sigue cayendo del lado local, por lo que tendría sentido apoyar más a menudo producto nacional. Si los medios no apoyan más artistas nacionales quizás tenga que ver con una marcada tendencia paleta. Existe la creencia, y se ha transmitido a lo largo de muchas generaciones, que lo de fuera es mejor. No creo que Lori Meyers, o La Habitación Roja, o Iván Ferreiro por poner un ejemplo, tengan nada que envidiar a propuestas pop que vengan desde fuera. 

En el libro denuncio al profesional vago e irrespetuoso y la falta de tacto de la industria con los medios en algunos momentos.
Bueno, fuiste músico y también plumilla, así que conocías muy bien todos los frentes del negocio. Y, por supuesto, también eres parte del público. ¿Crees que es indispensable conocer todos los campos para saber qué frentes atacar cuando se trata de vender un producto? Vaya, como el pirómano que termina siendo bombero.
No creo que sea indispensable, aunque ir a conciertos desde muy pequeño, haber tocado en un grupo o tener inquietudes para montar un fanzine fotocopiado con quince o dieciséis años evidentemente deja bien claro que la música es una variable importante en tu vida. Toda esa información la interiorizas y me ha sido útil en estudios de grabación, para sentarme delante de un artista o simplemente a la hora de escribir la hoja de promoción de un lanzamiento. 

¿Puede ser fan una persona que trabaja en el negocio? Ya sabes que hay ciertas reglas no escritas que “prohíben” las fotos y los autógrafos, aunque siempre están las excepciones. Impagable el momento con Bono que describes.
Por supuesto. Me arrepiento de no haber sido más fan durante mis años en Warner y Sony. Fue una estupidez adoptar esa pose de trabajador intachable que no se hace fotos ni pide autógrafos. Me encantaría tener ahora fotos con Springsteen, Madonna, Eric Clapton, Rod Stewart, etc. Pero eso ya es imposible. El momento con Bono trata de explicar exactamente eso. En lugar de actuar como un tipo asombrado por poder cruzar unas palabras con un icono pop, te escabulles actuando con una patética naturalidad. El resultado es penoso. Es mucho más honesto sacar el móvil y pedirle una foto. 

¿Cómo llega uno a ser directivo de una multinacional o A&R? ¿Es necesario pasar por una serie de “escalones” o basta con tener ciertos conocimientos musicales y/o empresariales?
Warner tenía un plan de formación muy interesante. Los nuevos trabajadores entraban desde el departamento comercial y la red de ventas se convertía de esta manera en la cantera de la compañía. La red de ventas conocía el catálogo al dedillo. Etiquetaban, pasaban pedidos por fax, reponían, pasaban horas en el almacén, decoraban escaparates, etc. Cuando los departamentos de marketing y producto, el de promoción o el de A&R necesitaban nuevas incorporaciones, los vendedores más preparados ocupaban las vacantes. Esta fórmula permitía que en el medio plazo todos los empleados llevaran en su sangre el ADN de la compañía, y por extensión, Warner surtía de empleados cualificados al resto de la industria, ya de por sí muy endogámica. No hablo de la prehistoria, pues hasta el año pasado, los A&R de las cuatro multinacionales en España habían pasado por Warner. Universal (Nacho Ventosa), Warner (Txema Rosique), EMI (Diego Toran) y SONY (Alex Gallardo).  

Hay pasajes del libro en los que se habla de los “buenos tiempos”, cuando se viajaba en primera, o el tema de la piratería y cómo los sellos enviaban los discos promocionales. ¿Piensas que se derrochó demasiado y que, como se suele decir, se vivió “por encima de nuestras posibilidades”?
Hay presupuestos de grabación de discos o rodajes de vídeos francamente escandalosos si los vemos hoy. En un país acostumbrado a burbujas, el presupuesto de la grabación de un disco en, por ejemplo 1999, no era una excepción. En el libro, la reflexión presupuestaria en relación a las escuchas de los discos por parte de los medios no la hago juzgando si un millón de euros es mucho o es poco para grabar un disco, sólo quise preguntarme si después de ese elevado gasto, una miserable cinta de cassette es la mejor manera de hacer que los periodistas juzguen el producto final. A mi modo de ver es un contrasentido surrealista. No me imagino un pase promocional de una película en un formato que intencionadamente haga que la experiencia para los medios sea peor. 

Sin embargo, las cosas no cambian. Hay cierta facilidad, en la actualidad, para escuchar un disco antes de preparar una entrevista: envían un enlace con un stream y ya casi no mandan un ejemplar físico a casa. Aun así, hay periodistas que ni se lo escuchan. Tú pasaste por algo parecido cuando entrevistaste a Radiohead, pero me pregunto si el periodismo musical se ha acomodado a esos “buenos tiempos”.
Evidentemente hoy hay nuevos soportes que facilitan la distribución promocional de música, y mucho de lo cuento coincide en el tiempo con la irrupción de la piratería, donde la industria trató de defenderse como pudo. Con perspectiva es bastante ingenuo pensar que esas copias en cassette frenarían la piratería. Respecto a lo de Radiohead, ojo, lo explico en el libro y fue un accidente, una casualidad. Siempre escuché los discos antes de hacer entrevistas. Ese capítulo denuncia la falta de profesionalidad y sobre todo la falta de respeto de un periodista que se presenta a una entrevista sin conocer ni un solo detalle del producto creado por el entrevistado. En el libro denuncio al profesional vago e irrespetuoso y la falta de tacto de la industria con los medios en algunos momentos, ofreciendo herramientas de trabajo lamentables y un trato personal de dudosa elegancia. 

En mi caso y en el de mis compañeros, ¿crees que estamos en un momento muy jodido con respecto a nuestra profesión (“hobby” para otros)?
España no tiene líderes de opinión en el sector, no hay voces autorizadas que puedan utilizar altavoces fuera del contexto estrictamente musical, no hay una cara conocida en la tele que la gente relacione directamente con música. España no tiene a un John Peel o a un Jools Holland. La música, por lo general, no se toma demasiado en serio. Entiendo que utilizas la palabra “hobby” con ironía. Es curioso cómo, aún hoy, después de tantos años, la gente sigue pensando que trabajar en la música en realidad no es un “trabajo”. Alejandro Sanz, hace años, contaba cómo después de ser un artista muy conocido, en cierta ocasión le preguntaron por su profesión. Él contestó que era músico. Volvieron a la carga y le insistieron: “Ya, pero me refiero a que en qué trabajas”. Un tío al que le envían discos, va a conciertos y luego lo cuenta en un diario, para muchos no reúne las condiciones necesarias para ser considerado trabajo, y en consecuencia tomárselo en serio. Es lo que hay. 

Leyendo por encima la hoja promocional del artista podías fácilmente inventar un discurso coherente.
Pero francamente, un caso que vendría a explicar lo que fue el pasado y lo que es el futuro sería lo de Al Stewart en la sala Ktedral. ¿Se siente lástima en ese momento o más bien despertó en ti un sentimiento mayor de admiración hacia Al Stewart?
Aquel encuentro fue anecdótico pero revelador. En primer lugar, por tratarse de un artista al que admiro, pero sobre todo por permitirme acceder por primera vez a la trastienda del negocio de manera transparente y cruel. Fue todo demasiado humano. Hasta ese día había idealizado demasiado al personaje que vivía encima de un escenario. La realidad es mucho más de andar por casa. 

Podría extenderme más con los “momentos delirantes” que forman parte del final del libro. De entre todos ellos destaco el de la traducción de la rueda de prensa de Loreena McKnennitt en la que hiciste de traductor inventándote todo. ¿No tuviste remordimientos después? ¿No te entraba la risa al ver lo que los medios transcribieron?
Ningún remordimiento. Actué de manera muy profesional. En el libro menciono lo poco originales que por lo general son los artistas durante sus períodos promocionales. Leyendo por encima la hoja promocional del artista podías fácilmente inventar un discurso coherente. No lo recuerdo, pero es posible que los periodistas también se inventaran su transcripción. 

Y al igual que tu obra, doy por finalizada la entrevista hablando del encuentro telefónico entre Alejandro Sanz y Michael Jackson. ¿Nunca se supo qué fue lo que le dijo Michael a Alejandro? He visto el vídeo y Sanz parece muy cortado al final: “Que abrazos para todos. ¿Vamos a cantar?”.
De manera intencionada, el libro empieza con algo muy grande, un hecho que cambió el mundo como fue el 11 de Septiembre, y termina con algo minúsculo, algo que perfectamente podría haber pasado inadvertido para siempre, de hecho algo que guardará sus secretos para siempre. Esa era la idea, nadie podrá saber nunca qué es lo que decía el bueno de Michael Jackson desde el otro lado de la línea. Lo imagino acariciando a su mono Bubbles recorriendo los pasillos de Neverland y me divierte pensar en una conversación inventada. Me imagino preguntas delirantes entre los dos: “¿Qué tal la familia?”, “¿La paella si lleva pollo es paella?”, “¿Qué tal tiempo hace por Benidorm?”. Lo absurdo de la historia es el retrato surrealista de la situación: un montón de gente grabando con sus cámaras una conversación absolutamente intrascendente, y quién sabe si inexistente. Es bastante común en el sector dar importancia a momentos irrelevantes, dejando de lado pequeños detalles mucho más jugosos. El capitulo cierra con “Bad” en tono irónico, una gamberrada final. 

Quería acabar, pero casi olvido una pregunta clave: ¿No te has quedado con ganas de más? O sea, que si al final habrá una segunda parte.
Tengo ganas de contar más, (seguramente una prolongación del capítulo de los momentos delirantes) aunque de momento una segunda parte tendrá que esperar. Lo que sí tengo terminado es un proyecto personal, nada que ver con la música, un intercambio de cartas de dos antepasados entre los años 1890 y 1913 con bastante punto.

texto: Carlos H. Vázquez
http://www.paisajeselectricos.com/2013/10/31/oscar-garcia-blesa-sin-las-mitologias-del-surco/